miércoles, 22 de mayo de 2013

Wagner, precursor de Internet y del derecho a la integridad de la obra

Pocos compositores en la historia de la música han desatado tantas filias y fobias como Richard Wagner, de cuyo nacimiento celebramos hoy el 200 aniversario. Pocos ha habido también que hayan sido tan conscientes de sus derechos de autor y cuyo pensamiento sintonice de forma tan curiosa con los problemas del entorno actual.


Una de las obsesiones del genio alemán, a la que dedicó una parte nada despreciable de su obra escrita, fue preservar la integridad de sus partituras frente a los atentados que habitualmente cometían orquestas y directores en su interpretación. El respeto al pentagrama y a lo expresado por el músico es tarea especialmente comprometida en un medio en el que la ejecución tiende a tomarse tantas licencias que a veces cuesta reconocer la obra original. Pero recordemos que en los tiempos de Wagner el derecho a la integridad, al modo en que lo consagraría el Convenio de Berna de 1886, no era conocido todavía.

Los desvelos de Wagner por garantizar la fidelidad a la obra le llevaron a crear su propio festival de teatro en Bayreuth, localidad que se ha convertido en lugar de peregrinaje anual de los partidarios del culto al autor de Tristán e Isolda. Loable propósito el suyo, pero difícil de mantener. En la primera generación de sucesores, con su hijo Siegfried a la cabeza, ya se despertaron no pocas suspicacias. Claude Debussy, contemporáneo suyo, ironizaba al respecto: "Es propio de un hijo respetuoso el consagrarse a continuar lo que inició su padre; lo que pasa es que, en este caso, no se trata de la herencia de una mercería".

No todos recuerdan, empero, que Wagner arremetió contra el arte de su tiempo al que describió con palabras que parecen escritas ayer mismo: "Su verdadera naturaleza es la industria, su meta moral el lucro económico, su pretexto estético, el entretenimiento de los que se aburren". Y añadía: "La obra de arte del porvenir debe contener el espíritu de la humanidad libre por encima y más allá de todas las barreras de las nacionalidades: en ella el ser nacional puede ser sólo un adorno, un atractivo de la diversidad nacional, no una barrera represiva".

De un lado parece que Wagner se anticipa al fenómeno actual de Internet y de la consabida globalización. Pero de otro cabría preguntarse si es posible concebir todavía, en el universo actual de la  cultura bloguera y twittera, obras artísticas de una ambición tan titánica como El anillo del nibelungo. Y entonando la correlativa autocrítica, habría que preguntarse también si un simple post puede hacer justicia a tamaño gigante de la cultura universal.

Sirva al menos esta nota para invitar a la escucha de la overtura de Parsifal en alguna de las grabaciones de knappertsbusch, aún a riesgo de resultar algo pedante, o para recomendar la búsqueda en Youtube de alguna interpretación digna (y lícita) del coro de los peregrinos de la ópera Tannhaüser.



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