miércoles, 29 de enero de 2014

Financiando la infamia: la relación entre la falsificación de productos y el crimen organizado


Bajo el título “Mira más allá”, la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) acaba de lanzar el pasado 14 de enero una campaña de concienciación ciudadana orientada a dar a conocer la estrecha relación que guarda la lacra de la piratería y la falsificación de productos con el crimen organizado a nivel mundial. La campaña se materializa en un spot publicitario estrenado en la pantalla NASDAQ de Times Square de Nueva York y destinado a retransmitirse a través de los medios de comunicación más influyentes en los más de diez idiomas a los que ha sido traducido. A través de inversiones como ésta, la ONU demuestra que cada vez es más consciente del peligro que entraña la piratería y la falsificación de productos así como de los perjuicios que acarrean estos fenómenos a la sociedad y a sus miembros.

El negocio de las falsificaciones mueve al año miles de millones de dólares alrededor del mundo, dato que no pasa desapercibido para las redes de crimen organizado internacional. Son numerosas las organizaciones delincuenciales que han sido relacionadas con este tipo de tráfico comercial ilícito y cuya vinculación con éste ha sido constatada. Basta citar que los grupos italianos la Cosa Nostra o la Camorra Napolitana, así como la Mafia Rusa, han sido relacionados con el tráfico de productos falsificados en operaciones realizadas por INTERPOL en América Latina y por Europol en el Viejo Continente. En Asia, donde la fabricación de productos de ínfima calidad que incorporan signos distintivos ajenos es asombrosamente sencilla de llevar a cabo por su menor coste de producción, grupos como los Yakuza japoneses o las Tríadas chinas dominan estos procesos de producción y distribución con capacidad de extenderse por todo el planeta.

Órganos como INTERPOL han alertado de que el mercado de falsificaciones tiene detrás, en no pocas ocasiones, la tela de araña de una organización criminal internacional y la financiación, a través de las ganancias que se obtienen por este tipo de comercio ilícito, de muchos otros delitos como el tráfico de personas, el blanqueo de dinero o el tráfico de drogas. Las reducidas penas aparejadas a los delitos contra la propiedad industrial no hacen más que favorecer la participación en ellos del crimen organizado, que encuentran un mercado millonario (que incluso podría superar en beneficios al tráfico de drogas) y para el que el castigo penal en caso de ser condenados se revela como ridículo comparado con el lucro que les proporciona.

De Frank Schwichtenberg
Vía Wikimedia
El tráfico de productos falsificados mantiene una estrecha vinculación con los siguientes delitos:


·  Blanqueo de capitales. Los criminales encuentran en la falsificación una manera de lavar el dinero negro obtenido a través de sus diferentes actividades delictivas. Mediante la introducción de dichos productos en las cadenas de distribución ordinarias, haciéndolos pasar por originales a través de empresas supuestamente legales, consiguen que el beneficio obtenido llegue limpio a los jefes de dichos grupos.

·   Explotación laboral. Como se menciona en el spot de esta campaña, las mafias dedicadas a la falsificación aprovechan la coyuntura de países subdesarrollados para producir este tipo de mercaderías. Trabajar en condiciones más que precarias, por sueldos ridículos o inexistentes y durante interminables jornadas de trabajo es el pan de cada día de las miles de personas (muchas de ellas menores) que sufren la explotación en las fábricas por parte de estos grupos criminales.

·   Extorsión y soborno. Para posibilitar el flujo de artículos defraudadores entre los distintos países, estas organizaciones recurren habitualmente a los sobornos y la corrupción de cuantos individuos fueran necesarios. Asimismo, la extorsión y las amenazas a distribuidores y comerciantes que no quisieran “cooperar” entran también en juego en los delitos contra la propiedad industrial.

·   Delitos tributarios (fraude fiscal).-  Según los datos proporcionados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el valor de la mercancía falsificada con la que se comercia alrededor del mundo en un año es de alrededor de 250.000 millones de dólares, cifra que escapa al control de los erarios públicos y llega íntegramente a las organizaciones criminales.

Aunque el delito contra la propiedad industrial aún sigue contando con cierto grado de tolerancia social y sea considerado como un delito “menor”, hay que señalar que puede conllevar un gravísimo riesgo para la salud del consumidor. La compra de falsificaciones no constituye un simple ahorro para el bolsillo particular inocua para el resto de la sociedad sino que se colabora activamente con la financiación del crimen organizado, se fomenta que continúe la explotación de esclavos en las fábricas y se siguen engordando los bolsillos de los “capos”. A diferencia del resto de actividades de las mafias internacionales, la falsificación de productos tiene la ventaja de que multiplica exponencialmente los consumidores potenciales, ya que sus actividades no se dirigen a un puñado de pobres diablos, tampoco a señores de la guerra africanos, ni a grupos terroristas. Se dirigen a personas perfectamente normales y absolutamente ajenas a cualquier tipo de actividad delictiva, aprovechando su desconocimiento acerca del daño que ocasiona el adquirir uno de estos artículos tanto a ellos mismos como al conjunto de víctimas que hay detrás. Resulta, por tanto, necesario concienciar a la población de todo lo que hay detrás y mirar, de nuevo, más allá.



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